Photoblog del entorno mediterráneo

La Renegá: un reducto de paz en la Vía Verde del Mar

“Lo que había sucedido a mi alrededor parecía algo sencillo, pero era extraordinario”

Manuel Vicent. León de Ojos Verdes.

Hace un tiempo que conocí La Renegá a través de unos compañeros fotógrafos que me mostraron su agreste belleza. Desde entonces, estaba deseando visitar esta espectacular zona de nuestra costa, para deleitarme con el paisaje y a ser posible llevarme un poquito dentro de la cámara.

Quizás fuesen mis ganas de plasmar tanta hermosura, o la buena predicción meteorológica para ese domingo, o el hecho de un interesante menú gastronómico a base de alcachofa que ofrecía el literario Hotel Voramar de Benicassim, los catalizadores que finalmente indicaron el día propicio para encaminar hacia allí nuestros pasos. Y bendita la hora.

En las inmediaciones de la Playa de Voramar arranca una interesante vía verde, la denominada Vía Verde del Mar, que recorre el quebrado litoral que media entre las poblaciones de Benicàssim y Oropesa del Mar, consecuencia orográfica de la precipitación hacia el Mediterráneo de la Sierra de Oropesa. La vía discurre por una cómoda y llana senda,  habilitada para caminantes y bicicletas, atravesando un espacio donde el extinto ferrocarril, en su empecinamiento por atravesar la montaña, ha dejado su huella a modo de espectaculares y profundas trincheras.

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A pesar de la fortísima presión urbanística en la zona, todavía puede disfrutarse de tramos donde la típica vegetación mediterránea de pinos, palmitos y coscoja campa a sus anchas y donde promontorios calcáreos devenidos en enclaves estratégicos, se hallan coronados por espartanas torres centinelas como la de Colomera o la de la Corda, que muestro en la siguiente imagen. Las acompañan pinos torturados por el viento, cuyos antepasados compartieron con los vigías largas horas de guardia ante la posible llegada de piratas, corsarios y berberiscos, auténtico azote de estas costas en tiempos pretéritos.

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Según la Biblioteca de la Dirección General del Patrimonio Artístico, la torre de la Corda es una torre troncocónica, construida en mampostería. Posee dos ventanas rectangulares de pequeño tamaño situadas a diferentes alturas. Es semejante a su vecina torre Colomera y a las de “Badum” en Peñíscola y “Ebrí” en Alcalà de Xivert. Se encuentra fechada por el inventario de Protección del Patrimonio Cultural Europeo en el siglo XVI y figura en el inventario de armamento y personal existente en la torres del distrito de Castellón, de 1728, hecho por mandato del Príncipe de Campoflorido y en él consta que estaba provista de: dos mosquetes, dos botavanes, treinta y cinco balas de mosquete, pólvora, cuatro libras, y cuerda mecha, dos varas, y servían los soldados siguientes: Jaime Boix y Vicente Perciva, soldados de a pie. Junto a su torre vecina, son llamadas “Las Colomeras”. Por cierto, esta torre tiene instalada una polémica escalera metálica de caracol, que deliberadamente evité incluir en el encuadre, pues en mi opinión no resulta en absoluto favorecedora.

Siguiendo un pequeño sendero que arranca junto a la Torre Colomera y ya emergiendo del propio mar, pueden contemplarse dos gigantescas e interesantes rocas a las que nos podemos acercar con relativa facilidad, pero siempre extremando las precauciones. A pesar de que la mejor luz las bañará sin suda al salir el sol, no me resistí a plasmarlas aun con la dura luz del mediodía, dada su indudable atractivo y poder evocador.

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Pero para mí, el auténtico tesoro de la ruta lo constituye sin duda la playa de La Renegá. Y allí es donde encaminamos los pasos tras la comida, en busca de las inefables luces del ocaso y lo que la fortuna deparase. Y no me puedo quejar.

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La playa de La Renegá es abrupta y rocosa, con algo de arena gruesa. Durante muchos años fue una playa recóndita a causa del aislamiento causado por la vía férrea, el cual sirvió para una mejor preservación de un reducto de vegetación natural, que en parte me recuerda al bosque de la Devesa del Saler y que constituye un recuerdo viviente de cómo sería la Sierra de Oropesa antes de la implacable invasión del cemento, con una abundante masa vegetal que alcanza las mismas orillas del Mediterráneo, especialmente embelesador y hermoso en este enclave.

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La playa, aunque menuda, compensa con creces al visitante con la calma y sosiego que rezuma.

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Merecieron mucho la pena los kilómetros de regreso recorridos bajo la noche ya estrellada hasta el punto de partida en Benicassim. Y no será la última vez, pues tanto la playa como las torres bajo las constelaciones bien merecen otras visitas.

Por cierto, muy agradable el restaurante del Voramar. Además, tuvimos la ocasión de poder rendir un pequeño homenaje al León de Ojos Verdes que glosara Manuel Vicent en el delicioso libro homónimo, tan lleno de mar y de belleza como este generoso paraje. Tal y como creo que el escritor pretende revelarnos en la novela, la belleza puede redimirnos del sufrimiento y La Renegá no hace más que demostrarlo.

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