Photoblog del entorno mediterráneo

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Humedal mediterráneo

“Húmeda calma

un crepúsculo invernal

tarde encendida”

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Los faros de Cullera

Y si hay oscuridad, no vaciles. Aquí, al otro lado de mi ventana, hay un faro que da vueltas y que todas las noches baña esta orilla preguntando por ti.

Alejandro Palomas

De todos los iconos que podrían simbolizar el entorno mediterráneo, son quizás sus faros uno de los más sugerentes. Sus imágenes nos transportan de inmediato a las orillas de este mar, surcado una y mil veces por navegantes en busca de su anhelada Ítaca. Su papel de guía en la oscuridad y sus evocadoras ubicaciones, solitarias, junto a acantilados o muy quebradas costas, los carga de connotaciones que han inspirado durante siglos al ser humano para la creación literaria, especialmente la poética.  De hecho, al parecer la palabra española proviene del griego antiguo pharos (φάρος), nombre común cuyo origen es el nombre de la isla de Faro, donde estuvo ubicado el célebre faro de Alejandría y que Homero ya menciona en la Odisea.

Ante nuestros ojos contrastan su luminoso blanco con el profundo azul y su sereno temple con el tan frecuentemente impetuoso y bravío mar.

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Aunque de menor envergadura, también poseen un gran poder de atracción lo que por estas tierras algunos denominamos farets (faritos). Son las luces que señalan las bocanas de los puertos, roja a babor y verde a estribor, según se entra en los mismos.  Son luces encantadoras, que con su aparentemente caótica cadencia pueden llegar a embelesarnos durante su nocturna y serena contemplación.

Pano

En el caso de los que aquí traigo poseen una especial característica: señalan la entrada a un puerto fluvial, por lo que están situados en la desembocadura de un río, concretamente el Júcar, en el punto donde este se une al Mare Nostrum. Hermoso colorido para celebrar la unión del mar con quien viene de tierra adentro.

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El paso del tiempo

A quienes entran en los mismos ríos, bañan siempre aguas nuevas.

Heráclito de Éfeso.

No es la primera vez que exhibo este exquisito rincón junto al Mediterráneo. Acudo al Estany de Cullera periódicamente, en inmejorable compañía y en busca de placeres gastronómicos que suelen culminar con el colofón de un último postre en forma de relajante sesión fotográfica. Un enclave como el Estany, que rezuma tanta belleza como serenidad, pide a gritos ser inmortalizado una y otra vez.

Hace algunos años que comentaba e intentaba mostrar la hermosura que transmite aquí el crepúsculo vespertino. Sin embargo, a pesar de que la estampa que obtuve me gustó y de que incluso la tengo enmarcada y expuesta en mi casa, desde entonces quiero repetirla compensando mejor la luz del cielo y de la barca, cosa que he aprendido a realizar en estos años mediante el empleo de filtros degradados de densidad neutra. Y creo que lo he logrado, como comprobará el observador atento que compare ambas fotografías.

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Pero olvidé lo que dijo el filósofo y que precede esta entrada: lo único que permanece es el cambio. Si yo he experimentado un cambio, una mejora en mi habilidad fotográfica, también la barca y el pequeño pantalán han mutado, envejeciendo con el paso del tiempo. Nadie se baña dos veces en el mismo río, porque ni el río, ni la persona, son lo mismo que eran, en ningún sentido. Cualquier fotografía es irrepetible.

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Nota para fotógrafos: las imágenes se obtuvieron empleando trípode y cable disparador para poder prolongar la exposición el tiempo necesario dada la relativamente escasa luz de la escena. Para máxima nitidez se empleó retardo de exposición y un diafragma f16. La luz del cielo se compensó con la del primer plano empleando un filtro degradado de densidad neutra de cuatro pasos.


Siempre nos quedará L´Estany de Cullera

«Tiempo, no vueles más. Que las horas propicias
interrumpan su curso.
¡Oh, dejadnos gozar de las breves delicias
de este día tan bello!

Alphonse de Lamartine. “El Lago”.

Existen lugares bendecidos por la magia y el encanto, parajes donde uno siente la presencia de algo que le reconcilia con el mundo y con la vida, y sin duda alguna L´Estany de Cullera es uno de ellos. Después de dos décadas de visitas a este pictórico enclave, puedo decir que siempre constituye para el invitado un auténtico bálsamo para el alma. Desde la hora dorada y pasando por las distintas fases del crepúsculo, convierte algunas veladas en un caleidoscopio de colores.

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Quizás será por los tonos y matices de la luz en los atardeceres, presididos por el telón de fondo de la Sierra de Corbera y el Macizo del Montdúver. Quizás por el adyacente Mediterráneo, que impregna los alrededores de su presencia. Quizás por el aroma del humedal y los ecos de los invariables aleteos de las aves acuáticas que, bien de paso o instaladas, hacen de este entorno su hábitat. O por qué no, en un plano más mundano, quizás serán las magníficas y generosas viandas, deliciosos arroces y pescados, que Salvador ofrece en su cercano restaurante y que le sensibilizan a uno el espíritu para comprender la belleza…

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El caso es que uno no se cansa de volver a visitar L´Estany año tras año y siempre se siente reconfortado y recompensado tras hacerlo, como puede comprobarse en algunas entradas anteriores, como L´Estany de Cullera o Crepúsculo Vespertino.

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En la última visita, mantuve una agradable conversación con un amable lugareño; me explicaba que hoy en día, la práctica de la pesca en el paraje ha ido menguando, probablemente debido a la menor abundancia de moradores de las aguas. Las barcas, sin embargo, bien en los embarcaderos o ancladas en medio del estanque, contemplan paciente e indolentemente el devenir del tiempo, ajenas a los cambios de costumbres, a modo de mudos testigos que dotan al paisaje de un cierto aire decadente.

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Me dice el simpático lugareño que algunas aves anidan en las barcas y que si no lo hacen más es por los problemas que encuentran para construir los nidos. Algunos pescadores se han percatado y les facilitan la tarea instalando algunos sencillos “accesorios”. Me comenta que es este un buen lugar para que las asociaciones ecologistas o estudiosas de las aves emprendan iniciativas; lanzo pues su mensaje en esta cibernética botella.

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Siempre nos quedará L´Estany… o al menos es la esperanza que albergo.