Photoblog del entorno mediterráneo

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Estampas de la Tinença de Benifassà

Contempladas de cerca, repentino
asombro se apodera de la mente
y en los nervios y músculos se siente
circular el pavor de lo divino.

Manuel José Othón. Las montañas épicas.

La Tinença de Benifassà es la comarca más septentrional y sin duda la más salvaje y paisajísticamente imponente de la Comunidad Valenciana y comprende una serie de agrestes y fracturadas montañas surcadas por profundos valles.

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En este norteño rincón de la provincia de Castellón la muy minimizada huella humana permite encontrar parajes naturales de una inefable belleza, paisajes majestuosos y una importante biodiversidad constituida por una exuberante vegetación y en ocasiones una no menos espectacular fauna, en la que destacan las cabras montesas, jabalíes, águilas y buitres y en la que podemos admirar frondosos bosques de una gran riqueza botánica, que incluyen los hayedos más meridionales de la Península Ibérica, así como soberbios y tupidos pinares.

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Por este laberinto de valles y montañas de incalculable valor ecológico, discurre una tupida red de senderos que permiten descubrir y disfrutar del patrimonio sublime y singular que constituyen  estas tierras, siendo el principal el GR-7, sendero europeo de gran recorrido que atraviesa la Comunidad Valenciana en sentido sur-norte en dirección a Cataluña.

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Cada vez que visito la comarca no puedo dejar de recordar, salvando las distancias y las escalas, las fotografías que de Yosemite hiciesen los pioneros de la fotografía del paisaje, como Carleton Watkins o Timothy O´Sullivan.

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Si os gusta este post, os recomiendo los anteriores en los que ya traté asuntos sobre este fabuloso territorio:

https://luzmediterranea.wordpress.com/2013/03/03/la-tinenca-de-benifassa/

https://luzmediterranea.wordpress.com/2012/03/14/el-padre-de-las-hayas/

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El amor de los árboles

Sublime es el deseo de tenerte,

Extraño es no poder mirarte,

Agónico es saber de distancias,

Y eterno se hace mirar el tiempo.

Gonzalo Puga. Rarezas.

El bosque es rico en formas, colores, texturas y luces y si uno está atento puede escuchar con claridad el mensaje que éste sutilmente susurra. En ocasiones y en plena naturaleza, uno se encuentra con estampas que le sugieren con fuerza actitudes genuinamente humanas y entonces, cayendo preso de tal personificación visual, se rinde con agrado a plasmarla en imágenes para enseñarla al mundo y ser creído. Esto es lo que me ocurrió recientemente en el denominado Pinar Pla, en las inmediaciones de Fredes, la población más septentrional de la provincia de Castellón.

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Apenas podía creer lo que veían mis ojos, un auténtico y sentido abrazo fraternal entre dos pinos, que en mi imaginación simbolizaba el pavor que sienten los árboles ante la insensibilidad que algunos hombres manifiestan por el bosque.  Ante ese miedo cerval y la imposible huída, los árboles se dan calor y amor en tan entregado y reconfortante gesto humano. 

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Temblores puntuales

Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Pablo Neruda.

En composición fotográfica, el punto se considera como uno de los elementos de la sintaxis visual y en ocasiones como esta, representa mucho más de lo que parece.

Este ha sido el año de la polémica frente a la valenciana costa de Vinaroz. Después de la alarma social y la consiguiente movilización ciudadana, las autoridades y no sin más vacilación de la recomendable, se han visto finalmente abocadas a reaccionar.

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Desde la lejanía, en la atalaya que suponen las montañas de Los Puertos de Beceite, en plena Tinença de Benifassà, la plataforma de Castor aparece como un fantasmal y casi imperceptible punto en medio del Mediterráneo, bajo un cielo tan convulso como el grave problema que ha generado. Una simple ampliación de la imagen permite ver la estructura responsable de los sismos que tanto han asustado a la población de la zona. Esperemos que se enmiende el error, aunque ya sabemos quién pagará los costes…


El bosque se viste de otoño

En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo.

Octavio Paz, Otoño.

No sé que tiene la estación tardía que en valenciano denominamos con la bella expresión “la tardor”, que sus cálidas tonalidades atrapan nuestra mirada y nos regalan una cierta paz interior, como si nos transmitiesen que a pesar de los avatares y el frenesí, en realidad todo está bien, que los ciclos se repiten y la vida, tozuda y poderosa, sigue su curso inexorable.  Los ocres, naranjas y rojos nos aportan calma y sosiego en forma de colorido regalo que cada año nos ofrece con generosidad la naturaleza.

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Siempre he procurado hacer coincidir mis visitas a la Tinença de Benifassà con “la tardor”, para poder así disfrutar de sus deliciosas estampas. Hermosos ejemplares de arce, en valenciano llamados “aurons”,  tiñen de rojo áureo los paisajes.

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Siempre nos quedará el otoñal manto de hojas bajo el Faig Pare o haya padre, quizás el más colosal y bello de todos los ejemplares que constituyen uno de los hayedos más meridionales de Europa. Es éste sin duda uno de los rincones más mágicos y encantadores que conozco.

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La Tinença de Benifassá

Aunque en un post anterior ya he mostrado la belleza de la comarca más interior y septentrional de la Comunidad Valenciana (https://luzmediterranea.wordpress.com/2012/03/14/el-padre-de-las-hayas/), la Tinença es un lugar cuyo encanto y magia te hechizan y dulcemente te obligan a volver una y otra vez; y no será la última. A mí me gusta especialmente el pueblo de El Boixar, donde Marisa y Ximo te atienden fabulosamente en su Casa Refugi (http://www.elboixar.net/).  A pesar de ser un enclave de pura montaña, ya se sabe que en el entorno del Mediterráneo tan sólo se necesita un día claro y una buena atalaya para disfrutar de la visión del inmenso Mare Nostrum. Parece mentira que esta imagen esté tomada tan sólo a pocos metros de la población de El Boixar.

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El paisaje quebrado tiene una fuerza difícil de transmitir mediante imágenes. Profundos barrancos flanqueados por imponentes farallones dominan el agreste y solitario paisaje.

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Especialmente en otoño, el hayedo del Retaule nos regala estupendas estampas de potente colorido.

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El rincón que ocupa el Faig Pare (El Padre de las Hayas del que ya hablé en el post anterior) constituye una auténtico santuario natural, a modo de Capilla Sixtina botánica. Puedo asegurar que su contemplación cercana provoca una admiración reverencial y más de un escalofrío nos recorre de arriba abajo el espinazo.

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Espectaculares tajos como el que constituye el Barranco del Salt nos regalan húmedos y frondosos recorridos y bellas estampas como la del Salt de Robert, que aunque con poca agua no deja de maravillarnos.

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Para finalizar una curiosa estampa del Embalse de Ulldecona que da testimonio del seco verano y que muestra toda la infraestructura que habitualmente queda oculta bajo el agua.

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